Hubo un tiempo donde las cosas eran fetiches ajenos, plasmados en poemas borgeanos y pizarnikeanos.
Si no eran espejos, eran esquinas, o bien bosques que se perdían en alguna imagen onírica impactante para alguien que aún no sabía del olor de objetos usados, de lugares erosionados, el color de la madera gastada.
Hasta que llegó el tiempo.
Y una colección de cosas innumerables hasta el hartazgo empezaron a conformar el también vasto repertorio de imágenes que fluian para quedarse como nudos atados en esta gran trama que es esa sábana que esta noche me cubre porque tengo frio y siento que todos se han ido, que nada me espera más que esas cosas que viven como bestiario en mi memoria viva de aquellos días agitados. Donde lo agitado estaba dado porque el moverse de acá para allá sin el acecho de Eso.
Eso que no puedo nombrar pero que se autodefine cuando el viejo azulejo en casa de mamá se junta con la taza que tomaba cuando era adolescente, bajo el mantel que acompaño muchos cumpleaños. Hasta que cumplí los 30.

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